lunes, 3 de noviembre de 2014

Don Batista.

Tiré al suelo unas migas que quedaron en la silla. Quise descubrir la botella más antigua entre los estantes de vidrio ubicados detrás de la barra.

No cambió mucho el bar desde la última vez que perdí el tren a Retiro hacía algunos años. Los veinticuatro minutos que faltaban para la partida del próximo, eran propicios para un café sin perder de vista al reloj.
El piso de mosaicos y las señalizaciones de los baños eran los mismos que recordaba; fueron varias las veces que me encontré en unas mesas alejadas de las ventanas, esperando a algún compañero impuntual.

El mozo, un gallego flaco y alto, ya no estaba. Me atendió un tipo más joven y hablador; observando sus manos y debido a los caprichos de la memoria, por fin pude evocar el nombre de aquel buen hombre: Don Batista.

El café humeante y el clásico vaso de agua que lo acompaña, quedaron frente a mí sobre la mesa. Agradecí y pensé en lo reservado y cuidadoso que era el "gaita" para acercarse a sus clientes. En una oportunidad con el bar completo, éramos cuatro reunidos y hablábamos en voz tan baja que debíamos acercarnos para entendernos, el mozo aquel    -con admirable clase y oficio- hacía algún ruido con las cucharitas o la vajilla en la bandeja al aproximarse a nosotros... Así callábamos inmediatamente.

Mientras terminaba el café, hice un ademán para abonar y retirarme.
Quien me sirvió, al ver intactos los sobrecitos con azúcar, exclamó: "El viejo me avisó que Usted lo toma amargo".
Sorprendida, casi al mismo tiempo que quise preguntar, él me señaló con el pulgar hacia su hombro y divisé a un hombre sentado en el extremo opuesto del mostrador.
Seguramente no lo hubiera reconocido si no intercambiaba unas palabras con él.
Le dí la mano, me agradeció que haya vuelto al bar, que lo recuerde. Le comenté que me gustaba el lugar, que apreciaba su discreción y técnica para hacerme saber que se acercaba a la mesa que ocupaba.
La respuesta que me dio Don Batista tuvo un efecto instantáneo en mi rostro, una combinación de sonrojo, incredulidad y gratitud. Casi conociendo lo que estaba pensando, con palmadita cariñosa y comprensiva en mi mejilla, me sacó de ese incómodo momento en el que no supe qué decir.

Cada palabra que enunció aquel día, la atesoré en mi mente como una fecha o dirección preciada, para escribirlas algún día.
Me dijo exactamente esto: "Mujer, de discreto nada... Yo no quería preocupar a nadie, no me hacía falta escuchar ni una palabra... Yo de niño leo los labios."



1 comentario:

  1. Voy a sentarme a leerte con detenimiento. Hay gran riqueza en las cosas que escribís. UN abrazo.

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